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Las bocas de Ronsardo

No he danzado con damas de estricto polisón
ni guarda mi recuerdo los aromas del nardo;
no he besado las bocas ajadas de Ronsardo
ni a las bellas beatas de sueños con festón;

 

no han herido mis muslos los labios de Anaís
ni me ha movido apenas Jesús con su oropel;
no he visto la penumbra del pozo de Daniel
ni el tutú que irisaban las luces de París…

 

Pero me queda el aire de un labrador de estrellas
y el gesto mortecino de quien todo lo sabe
y espera en su butaca que el corazón se acabe
como se acaba el alma locuaz de las botellas.

 

No he sembrado a lo loco en las tierras de Onán
ni envidio a Adán y Eva su libro de familia;
no he tenido dinero para la bibliofilia
ni he ahogado mis penas en ríos de champán;

 

No he vendido cascotes del muro de Berlín
ni he cruzado las piernas ante Sharon Stone;
no he tenido ocasiones para ser un ladrón
y no conozco nada sin principio ni fin…

 

Pero me queda el aire de un labrador de estrellas
y el gesto mortecino de quien todo lo sabe
y espera en su butaca que el corazón se acabe
como se acaba el alma locuaz de las botellas.

 

 

© José María Micó, La espera, Hiperión, 1992.

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