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“Laudatio” de Joan Manuel Serrat por José María Micó

LAUDATIO DE JOAN MANUEL SERRAT

DR. JOSÉ M. MICÓ

Catedrático del Departamento de Humanidades

Universitat Pompeu Fabra

14 de junio de 2011

 

Escribir unas palabras para ofrecérselas a alguien que ha escrito tantas, que nos ha regalado tantas, y no solo de amor, es para mí un honor muy grande, y quiero empezar agradeciendo que me haya sido encargada la preceptiva laudatio académica de Joan Manuel Serrat. Soy profesor de literatura y he escrito algunos libros de versos, pero me da la impresión de que cualquiera de los presentes tiene buenas credenciales para hablar de nuestro invitado de excepción, y no solo porque sus méritos son conocidos de todos, sino también porque el acto de hoy es en primer lugar la manifestación pública y solemne de un sentimiento compartido. Estimado Juan Manuel, te lo diré con palabras de Joan Vergés que conoces muy bien: «si aquesta lletra et sembla poc florida, no hi vegis cap senyal de poc amor», porque ahora no habla únicamente el catedrático, sino el adolescente del barrio de Hostafrancs que aprendió a tocar la guitarra durante los años setenta, sacando de oído las melodías y los acordes de un joven nacido en el Poble Sec a quien entonces no podíamos ver ni siquiera en el blanco y negro de la televisión y que escuchábamos de vez en cuando en la radio o en casa de algún amigo. Escribiré, pues, «mullant la ploma al cor, que és on es suca l’eina», agradeciendo tu maestría involuntaria de las generaciones que hemos tenido la suerte de ir por la vida acompañadas por los versos de un partidario de vivir: «Solo vale la pena vivir para vivir».

  Rubén Darío, el más musical de los poetas y, paradójicamente, quizás el menos cantabile de todos, escribió un verso magnífico para definir su propia alma y que citaré ahora porque nos ayudará a entender el alcance y la trascendencia de la obra de Joan Manuel Serrat, que es

sentimental, sensible, sensitiva.

Como en todas las grandes creaciones artísticas, las buenas canciones movilizan los sentimientos, los sentidos y la sensibilidad, provocan la reacción instintiva de los afectos y se perfeccionan con la participación consciente de la inteligencia.

  El repaso sistemático de la obra de Serrat me llevaría demasiado tiempo, y creo que todos estamos de acuerdo con él en que es mejor disfrutar que medir, por lo que, para empezar, me fijaré en una de sus primeras composiciones, la Cançó de bressol, editada como single con La tieta y luego integrada en su primer elepé, Ara que tinc vint anys. En su sencilla desnudez, esta pieza contiene todo lo que es esencial en la obra de Serrat: la fidelidad a los orígenes, los sonidos y los ritmos populares, el material sensible de las emociones, el despertar de la conciencia cívica y política a partir de la evocación intimista de un paisaje («aquella seca terra» «de tots els teus germans, que van morir a la guerra»), la inspirada simplicidad de la melodía, la integración natural de las dos lenguas familiares, el germen de una reflexión ecológica (como la que después se concretará en Padre o Plany el mar), la destilación del sentimiento en un discurso que es a la vez arcádico y reivindicativo y, naturalmente, el protagonismo de la mujer, figura central en el imaginario del autor. En efecto, desde Ella em deixa el primer single hasta Si hagués nascut dona del disco , dos extremos de una trayectoria extraordinaria, y más allá de eventuales ecos telúricos, totémicos o sociológicos (que son palabras muy sonoras pero que así, en abstracto, no quieren decir gran cosa), tenemos las historias y los nombres inolvidables de Helena, Irene, Marta, Penélope, Lucía o Edurne, y una larga lista de retratos de mujer melancólicos, divertidos, solidarios, irónicos, estimulantes, resignados, compasivos, dulces, amargos o ácidos: Menuda, ¿Qué va a ser de ti?, La mujer que yo quiero, Piel de manzana, Muchacha típica, Cenicienta de porcelana, De cartón piedra, Señora, Soneto a mamá, La tieta, Mare Lola, La Carmeta, De parto, Campesina, La primera (de segunda mano) y otros que me olvido.

  Joan Manuel Serrat ha escrito capítulos luminosos para nuestra educación sentimental en años muy grises, años propicios a gestos maniqueos que hoy pueden parecer inverosímiles a los más jóvenes, como cuando el Noi del Poble Sec se convirtió, si me permitís decirlo con el título de uno de sus poetas, León Felipe, en El payaso de las bofetadas: la negativa a cantar en el Festival de Eurovisión si no lo hacía en catalán le supuso el veto en Televisión Española (la única que había) y una campaña de desprestigio fuera de Cataluña; y aquí, en Cataluña, por el hecho de cantar y grabar canciones en castellano sufrió la incomprensión y la intransigencia de algunos sectores y de algunos de sus compañeros de Els Setze Jutges, movimiento del que había formado parte como miembro número trece. El veto televisivo duró hasta 1974, pero no impidió el aumento de su popularidad ni la consolidación de su prestigio, porque la lista de los discos de aquellos cinco años es impresionante: Dedicado a Antonio Machado (1969), Serrat 4 (1970), Mi niñez (1970), Mediterráneo (1971), Miguel Hernández (1972), Per al meu amic (1973) y Para vivir (1974). Pocos meses después, sin embargo, a raíz de unas declaraciones en México contra la pena de muerte y la represión del régimen franquista, sufre represalias de todo tipo y se le abre un proceso con orden de prisión en el caso de regresar a España sin retractarse. Como no lo hizo, el exilio duró aproximadamente un año. Temps era temps, podríamos decir ahora sin brizna de nostalgia.

  Serrat es hijo de madre aragonesa y padre catalán, «hijo de Ángeles y de Josep», y es con la pureza y la simplicidad de quien tiene dos lenguas como ha entendido siempre su compromiso con la creación, con una constancia y una fidelidad que le han convertido, de hecho, en el artista que ha contribuido más poderosamente a la difusión del catalán fuera de nuestro país. Algunas de sus canciones han sido coreadas en lengua original o tarareadas por miles de oyentes y espectadores de varias generaciones en los teatros y los estadios de Madrid, Bogotá, Buenos Aires, Caracas, Lima, Ciudad de México, Montevideo o Santiago de Chile. Además de la gran popularidad de composiciones como Ara que tinc vint anys, Paraules d’amor o Seria fantàstic, que han formado parte habitualmente de sus giras internacionales, a lo largo de su carrera ha desarrollado un trabajo de rescate y conservación del legado musical catalán, empezando por las diez Cançons tradicionals grabadas en 1968 y continuando por la Banda sonora d’un temps, d’un país de 1996, recopilación, balance y testimonio dignificado de la efervescencia de la Nova Cançó.

  Otro de los méritos obvios de Joan Manuel Serrat es el de haber contribuido a la difusión de la poesía del siglo XX, trabajo que en algún caso supuso la dignificación y la reivindicación de autores tan importantes como incomprendidos o marginados durante el franquismo. Todo el mundo recuerda los casos más populares de Antonio Machado, Miguel Hernández o Mario Benedetti, pero también ha cantado poemas de León Felipe, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Jaime Sabines, Ernesto Cardenal, José Agustín Goytisolo y Luis García Montero, entre otros. Y en catalán podemos citar a Josep Carner, J. V. Foix, Pere Quart, Joan Vergés, Josep Palau i Fabre, Joan Margarit, y sobre todo Joan Salvat-Papasseit en otro de sus discos inolvidables de los años setenta.

  Poner música a unos textos que ya tienen melodía propia, pero pensada para ser leídos y no cantados, es algo muy difícil, porque el ritmo, que también es esencial en la poesía, obedece a necesidades y a reglas diferentes, y el músico se topará enseguida con las bellas insidias de la retórica literaria: la forma no sigue siempre unas pautas homogéneas, y el pensamiento avanza de una manera compleja y con una pulsión narrativa que pocas veces condesciende a organizarse en estribillos. Además de eso, si los poemas son célebres, los lectores ya les han puesto una melodía íntima de enunciación privada o pública, de modo que musicarlos es atreverse a releerlos y a interpretarlos, es intervenir en su estructura y en su significado. Como todo, esto se puede hacer bien o mal, y para explicar cómo lo ha hecho Serrat solo me falta poner unos cuantos ejemplos: Cantares, La saeta, Menos tu vientre, Para la libertad, Nanas de la cebolla, Elegía, Res no és mesquí, Si jo fos pescador, És quan dormo que hi veig clar o Una mujer desnuda y en lo oscuro. El debate sobre la legitimidad de esta operación no tiene ningún sentido: Serrat añadió arte al arte.

  Además de la calidad indudable de sus textos originales —después volveré sobre ello—, cabe destacar también los aspectos propiamente musicales de su trabajo: a pesar de no tener una formación académica clásica, es un excelente compositor de melodías, potenciadas por los arreglos y por el virtuosismo de los músicos que le han acompañado, ya sea en los estudios de grabación o en los recitales. Se dio cuenta muy pronto Xavier Montsalvatge, cuando, después de escuchar las primeras canciones del Noi del Poble Sec, destacó —parafraseando un poco ad libitum lo que dijo, que me parece muy acertado— la personalidad, el equilibrio armónico, el impulso emocional y la inspiración superior, en definitiva, de sus composiciones.

  Tampoco habrá que insistir demasiado en la fama internacional de Joan Manuel Serrat, que seguramente es el cantautor catalán más conocido en todo el mundo, y sin duda el más admirado en Latinoamérica, adonde ha viajado regularmente desde 1969 y donde ha recibido algunos de los honores más destacados y los reconocimientos más importantes. Como intento explicarlo todo con ejemplos, escogeré unos hechos menos conocidos que también son muy reveladores del respeto que se ha ganado y de su papel en la historia de la música. Mina, la gran diva de la canción italiana, incorporó a su repertorio la Balada de otoño, el Romance de Curro el Palmo y La tieta (convertida en una canción de amor y desamor con el nombre de Bugiardo e incoscente, uno de los títulos clásicos de «la tigre di Cremona»). De La tieta hay también una versión en dialecto de Módena (La ziatta) grabada por uno de los cantautores más importantes de Italia, Francesco Guccini, y podría citar más casos en otras lenguas.

  Habrán notado, quizá con desencanto, que estoy evitando hacer una lista convencional y ordenada de los hitos conseguidos por nuestro invitado, pero es que su creatividad ha sido tan intensa y sostenida que sería suficiente fijarse en algunas de las cosas que ha hecho durante los últimos años, que valdrán también como resumen de una personalidad artística con muchas facetas. En el año 2000 publica Cansiones, un homenaje a la música latinoamericana con recreaciones de ritmos y letras que siempre han formado parte de su sustrato musical. Vestido para la ocasión con el disfraz del alter ego Tarrés, supera el reto de interpretar boleros, vallenatos o tangos. Después vienen dos discos de cantautor propiamente dicho, uno en castellano, Versos en la boca, y el otro en catalán, . Este, que es como quien dice de hace cuatro días, o cuatro años, es en mi opinión uno de los mejores discos de toda su carrera: el gran escritor que ha sido siempre Serrat se abre camino con fuerzas renovadas y escribe unos textos evocadores y de gran densidad simbólica que, bien encajados en melodías de una sorprendente variedad, hablan de la amistad y de la paternidad, del gozo y del sufrimiento, de la frustración y del consuelo, de la eternidad ideal del paisaje y de la finitud inevitable de nuestras pequeñas vidas. Versos espléndidos en los que la propensión elegíaca puede incluir el humor, y el sarcasmo, y las rimas juguetonas, y las bellas imágenes que describen las horas perezosas de un mediodía de julio, solo propicias al esfuerzo del amor: «Cremant núvols passa el sol. / El dia cau de genolls / pidolant la migdiada. / A les parpelles, amb son, / els rellisca un fil de baba, / i tot dol i res no vol, / i tot pesa i res no passa. / Cremant núvols passa el sol, / cremant núvols el sol passa» («Quemando nubes pasa el sol. El día cae de rodillas mendigando la siesta. A los párpados, con sueño, les resbala un hilo de baba, y todo duele y nada quiere, y todo pesa y nada pasa. Quemando nubes pasa el sol, quemando nubes el sol pasa»).

  Y además de todo esto están las giras del último lustro por España y América, agotadoras solo de pensarlo: 100×100 Serrat, Dos pájaros de un tiro (con Joaquín Sabina) y la del nuevo disco dedicado a Miguel Hernández, Hijo de la luz y de la sombra, una gira que sí se ha acabado hace solo cuatro días.

  Decenas de discos, cientos de canciones, miles de actuaciones en directo, más de cuarenta años de carrera y ahora lo tenemos aquí, «arregladito como pa’ ir de boda», haciéndonos el honor de aceptar una distinción que ya le han concedido fuera de Cataluña, aunque no es muy frecuente concederla a los artistas. Me parece que ha sido Joan Barril, que lo conoce muy bien, quien ha hablado más de una vez del rigor y la meticulosidad de Joan Manuel Serrat, de su capacidad de trabajo, de su persecución obsesiva del verso adecuado, del ritmo justo, de la armonía ideal, con una actitud que se parece mucho a la búsqueda metódica del científico. Porque es así, con una mezcla de vocación y de voluntad, como se impone el verdadero talento: con toda evidencia y sin ostentación. Si se me permite recorrer una vez más al lenguaje figurado, que es un vicio, o una prerrogativa, de quienes somos de letras, diría que nuestro doctorando honoris causa tiene el mérito de haber establecido la medida aproximada de la eternidad: entre dos y seis minutos, que es el espacio de tiempo que necesitamos para escuchar Aquellas pequeñas cosas o Això que en diuen estar enamorat.

  El arte tiene la virtud de conseguir, o al menos de postular, su perdurabilidad por encima de las contingencias de la realidad y de los caprichos de la moda: reconocemos la Mona Lisa detrás del Pop Art y de los emoticonos. Y la obra de Joan Manuel Serrat ya ha dado pruebas de resistirlo todo: las patillas de bandolero, la melena setentera, los pantalones acampanados, las orquestaciones de época (sin charanga, pero alguna vez con demasiada pandereta), el cine experimental, los homenajes aflamencados, las versiones sinfónicas, las fijaciones de la censura (que no quería banderas «lilas, rojas y amarillas» y permitía «abrazar» pero no «sobar»), las indiscreciones de la prensa del corazón y las infamias de la «Prensa del Movimiento». En efecto, sólo vale la pena vivir para vivir y un día se nos acabará, pero la vida de los creadores radica en lo que han hecho. La obra es la esperanza.

  Como es la hora de terminar y el temps no deixa gaire temps («el tiempo no deja mucho tiempo»), resumiré en pocas palabras la razón por la que pido que Serrat sea investido con el título de doctor honoris causa por la Universidad Pompeu Fabra: ha escrito un puñado de obras maestras. A esta razón me permito añadir mi agradecimiento particular, que representa la gratitud y el afecto de muchos miles de personas de generaciones diferentes, también reunidas simbólicamente en este salón de actos. Estimado Joan Manuel Serrat, te estamos agradecidos por haber mejorado el mundo, por haber mejorado nuestras vidas, y por ayudarnos a mejorar, ahora, nuestra universidad.

  Otro gran combinador de palabras, Jorge Luis Borges, dijo con su ingenio característico que «olvidar el latín es una profesión»; quizás se refería en concreto a la mía de profesor de literatura, pero como ahora tengo la excusa de la solemnidad del protocolo académico, lo pediré en la lengua de los Carmina Burana, aquellas canciones populares y tabernarias que se han convertido uno de los referentes de la alta cultura, además de proporcionarnos el himno internacional de la liturgia universitaria:

HIS DE CAUSIS,

PETO GRADUM DOCTORIS HONORIS CAUSA DOMINO

JOAN MANUEL SERRAT.

Muchas gracias.

 

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