Mi alegre Valentina, una muchacha
que se empeña en quererme,
me pide una canción. Veré si logro
que me salga decente.
* * *
Mi alegre Valentina es una de esas
angélicas mujeres
cuyo cuerpo parece a los poetas
más blanco que la nieve.
Mi alegre Valentina va a la moda,
y entre junio y septiembre
se tumba al sol como un mortal cualquiera,
repintada de aceites.
Mi alegre Valentina está graciosa
si su piel se oscurece,
y entonces me parece irresistible,
porque al venir a verme,
dispuesta a los pecados más oscuros,
sus blancuras me ofrece.
Toda la sal del mundo en ese instante
me entrega dulcemente.
Mi alegre Valentina,
mi Valentina alegre.
Mi alegre Valentina, cuando vemos
desgracias por la tele,
tomados de la mano, ella, serena,
sonríe indiferente.
Y está bien que así sea, porque dicen
que el común de la gente
suele pasar la vida en emociones
bastante impertinentes.
Hoy sois felices en París o en Roma,
un portal os protege
de cualquier inclemencia y vuestros besos
son bonitos juguetes.
Mañana lloraréis como han llorado
todos los que se quieren.
Solo mi Valentina se permite
ser feliz para siempre.
Mi alegre Valentina,
mi Valentina alegre.
Valentina no existe:
tan solo de este modo
me querrá hasta la muerte.
© José María Micó, Verdades y milongas, Barcelona, DVD Ediciones, 2002.
