Hoy he sido requerido
para contarles mi vida
(la que no esté ya perdida
por los pliegues del olvido),
y aunque un sabio conocido
escribió que recordar
es lo mismo que apagar
nuestra sed en un sequero,
para templarme prefiero
beber un poco, y cantar.
Como la tierra sujeta
la flor que ha de ser cortada,
como la tela no usada
está en el telar inquieta,
como el aire y la veleta
fingen un baile incesante,
vaya también por delante
mi deseo de estar vivo,
aun con disfraz de cautivo
o de exhausto navegante.
Mientras aviento la escoria
en la fragua del pasado
y con pincel desmochado
voy pintando en la memoria,
me veo en la misma noria
que cualquier hombre o mujer,
pues a todos, al nacer,
nos dan un alma postiza,
a la muerte por nodriza
y un plazo para volver.
Fueron pasando los años,
los parientes, los vagidos,
los libros más escondidos,
los amigos más extraños,
los daños, los desengaños,
las añadas… Y un buen día
a mi loca fantasía
se le antojó dar a luz,
aunque no soy andaluz,
un libro de poesía.
Hoy, prescritas tres edades,
tengo pocas aficiones.
Darme algunos madrugones,
callar algunas verdades
y acompañar soledades
son todos mis menesteres.
Ya no ansío más placeres
que saciar el apetito
y dormir como un bendito
entre todas las mujeres.
Y aquí va la despedida,
que no es pequeña jarana
disfrutar de otra mañana,
aunque sea merecida:
cuando se achique mi vida,
cuando no haya sino ayer,
cuando deje de beber
y esté mi cuerpo en la caja,
que aproveche esta migaja
al que la quiera leer.
© José María Micó, Verdades y milongas, Barcelona, DVD Ediciones, 2002.
© José María Micó, Verdades y milongas, Barcelona, DVD Ediciones, 2002.
